Pasada la exaltación de los primeros momentos, estamos aprendiendo a convivir con modelos de inteligencia artificial generativa. Disponibles a toda hora y en todo lugar, requerimos de ellos resúmenes, ideas, mails bien escritos, traducciones o, simplemente, una presencia conversacional. De la mano de este avance tenaz, que está evolucionando hoy de la asistencia a la agencia, cabe preguntamos cómo asimilar la nueva relación humano-máquina y qué derivaciones tiene en nuestras vidas. En este marco, empezamos a advertir que lo que llamamos inteligencia artificial no es algo ni tan inteligente ni tan artificial. No es inteligente en el sentido que atribuimos esta cualidad a una persona que entiende, interpreta, duda, contrasta, rectifica. Y tampoco es artificial: se sustenta en trabajo humano, en millones de textos humanamente producidos y en infraestructuras físicas que consumen recursos naturales. Estamos tomando nota de que detrás de cada respuesta mágicamente dada, hay cables, antenas, extracciones minerales, intereses empresariales y estrategias geopolíticas. A la par de ello, también estamos descubriendo que la IA se equivoca. Y que muchos de esos errores, ante un ojo inexperto,