La antropóloga Mireia Guil estudia el impacto de la declaración de patrimonio de la Unesco y cómo algunos pueblos restringen las fallas sólo a sus habitantes mientras otros abrazan el turismo Las Fallas del Pirineo, la noche en que un río de fuego desciende del monte Con la llegada del solsticio de verano, los montes y las plazas de los pueblos del Pirineo se llenan de antorchas que iluminan la noche. Son las fiestas del fuego, una espectacular tradición que no entiende de fronteras –las hay en Catalunya, Aragón, Andorra y el sur de Francia– y que desde hace años atraen a multitud de turistas. Una creciente afluencia con la que lidian algunos pueblos, que apenas llegan al centenar de habitantes, para no morir de éxito. “Siempre ha habido algo de miedo a que se pierda identidad”, arranca Mireia Guil, antropóloga y autora de una tesis doctoral que analiza el impacto de la declaración de estas fiestas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2015.