En Chile, el malestar no proviene necesariamente de un rechazo al régimen democrático. Lo que crece es la frustración frente a un sistema político que parece incapaz de transformar las necesidades de las personas en soluciones concretas. La seguridad sigue siendo la principal preocupación de los ciudadanos; el acceso a la vivienda, la calidad de la salud o el crecimiento económico avanzan con una lentitud que contrasta con la urgencia de las demandas sociales.