La Argentina que acaba de perder a un referente musical se aferra al diez de la selección para llevar una alegría a un país golpeado por la crisis y los recortes de Milei El fútbol, un deporte indestructible por más que se empeñen en transformarlo en un programa de entretenimiento o reducirlo a contenido de internet, tiene la capacidad de alterar emociones a nivel colectivo desde esos lugares apartados de la lógica. En los últimos 20 años casi siempre ha sucedido cuando interviene Lionel Messi, un jugador de casi 39 años que este martes entró al estadio de Kansas City escoltado por sus compañeros como si fuera el Grupo Salvaje de Sam Peckinpah y salió como si hubiera conquistado su segundo mundial consecutivo. Será complicadísimo que suceda (solo lo consiguió Italia hace casi un siglo y el Brasil de Pelé y Garrincha), pero ya ha logrado lo más difícil: hacer creer a los suyos que es posible.