Navegando por el lago Como a bordo de una pequeña embarcación capitaneada por un italiano encantador, vestido todo de blanco, llamado Vito, que parecía unos años mayor que yo y hablaba un inglés trufado de palabras italianas, le pedimos al patrón del barco, transcurrida una hora contemplando los paisajes deslumbrantes, las villas señoriales a orillas de ese cuerpo de agua dulce, que detuviera el bote un momento porque queríamos arrojarnos al agua. Vito se opuso, alegando que era peligroso por las súbitas corrientes y por la profundidad del lago, calculada en más de cuatrocientos metros. Mi esposa, bebiendo vino blanco helado, insistió en que necesitaba bañarse en el lago.