Fue, si cupiera alguna definición, un acto de justicia poética. El sábado pasado, un grupo de actores, juristas reputados y un grupo de espectadores-jurado juzgamos a Hamlet (sí, el personaje shakesperiano ) por el asesinato de Polonio, su exsuegro. La iniciativa -no vale decir “función”, porque es tanto más que una obra teatral- se llama Hamlet, continúe y sus idearios son el director catalán Roger Bernat y el dramaturgo suizo Yan Duyvendak, quienes hace unos años se propusieron llevar a escena en distintos puntos del mundo a jueces, abogados y fiscales reclutados en sus respectivos colegios profesionales para poner en el banquillo del acusado al rol más magnánimo que ha dado la historia: el melancólico, inteligente y taciturno Hamlet.