Cada cierto tiempo resurgen voces que proclaman el agotamiento de los partidos políticos. La creciente desconfianza ciudadana, el auge de los liderazgos personalistas y el poder de las redes sociales parecen reforzar la idea de que estas organizaciones se han convertido en un obstáculo más que en un instrumento para la democracia. Sin embargo, el problema quizás no radica en su existencia, sino en el progresivo abandono de su misión.