El presidente de EEUU, con la excusa de los fastos por el 250 aniversario de la independencia de EEUU, está modelando la capital a su mayor gloria y con el estilo tan singular que le caracteriza, combinando dorados con una exaltación neoclásica mezclada con complejos imperiales Donald Trump es un promotor inmobiliario en jefe. Es incapaz de hacer una comparecencia pública sin hablar de sus obras, ya sea el salón de gala del Ala Este de la Casa Blanca, las fuentes del parque Lafayette, que están enfrente del lado norte de la residencia presidencial, o el arco triunfal de 250 pies que quiere construir —76 metros— entre el monumento a Lincoln y la entrada al cementerio de Arlington. Pocas cosas le apasionan más que la construcción, como cuando propuso que Gaza fuera la Riviera del Oriente Medio, en pleno genocidio israelí en la Franja, o como cuando hizo que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, viajara a su campo de golf en Escocia a firmar la paz arancelaria.