Nuestros abuelos reparaban aquello que se rompía. Nuestros hijos lo tiran y lo reemplazan. Esa cultura del descarte avanza peligrosamente entre nosotros, amenazando no solo con sepultarnos bajo cantidades de basura que ya se han vuelto inmanejables, sino también extendiendo esa misma mirada respecto de los propios seres humanos y naturalizando una suerte de “obsolescencia humana”.