¿Qué nos impulsaba —me incluyo en el plural— a ocupar nuestras butacas, a asistir a un acontecimiento colectivo, reaccionar a nubes blancas sobre fondo de pintura azul como si fueran el estímulo de nuestro perro de Pavlov? Quien quiera hacer análisis social debe de estar siempre atento a los productos culturales de su tiempo, sobre todo a los más pop. Acudí recientemente al estreno de la última secuela de Toy Story, Toy Story 5; no hay nada sorprendente en que una franquicia extienda más allá del límite de lo razonable el chicle de las secuelas, pero sí que percibí, no sé si colmada por la nostalgia, una distancia enorme entre Toy Story 4 —que vi a finales de la década pasada— y esta nueva.