Llevado por la lectura de Borges, transformo mi memoria en fábula y lo hago siguiendo el orden solar de los arrabales, con derecho a la equivocación sobre todas las demás cosas Leo a Borges en su ensayo biográfico dedicado a Evaristo Carriego, el poeta argentino que retrató como nadie el arrabal porteño y al que tanto debe el tango. Y con Borges alcanzo las calles de un Madrid que ya no existe, pero que se deja pasear desde un rinconcito de la memoria; un esquinazo al que me traen las páginas del tejedor del Aleph, amigo de ese otro amigo al que tanto debo; me refiero a Mario Muchnik. Con el espectro de la ceguera aún lejano, Borges entregó a la imprenta su ensayo en 1932. Todavía le quedaba tiempo por delante para transitar laberintos y jugar al error y al péndulo, así hasta el día en que se dejó fotografiar por Mario Muchnik en presencia de una estantería cubierta con libros ciegos.
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