A Germán Vargas Lleras muchos lo recordarán como un “gladiador”, un apodo ganado por su manera frontal de defender sus ideas, protagonizar intensos enfrentamientos y librar duras batallas políticas. Su carácter fuerte, y su obsesión por la ejecución y los resultados construyeron durante décadas la imagen de un hombre duro, disciplinado y casi imposible de doblegar. Pero quienes entraban realmente a su círculo más íntimo descubrían otra escena completamente distinta: el “gladiador” se transformaba especialmente cuando aparecían sus perros .