En 1997, un estadounidense de modales tranquilos y mirada penetrante llegó a mi oficina en Santiago con una petición inusual: necesitaba un permiso ambiental para excavar en Puerto Inglés, en la remota isla Robinson Crusoe, del archipiélago Juan Fernández . Su nombre era Bernard Keiser, y lo movía una convicción que ningún obstáculo ha logrado doblegar: bajo esa tierra yace el tesoro más grande jamás ocultado, valorizado en 40 mil millones de dólares . La historia comenzó entre 1710 y 1714, cuando el capitán Juan de Ubilla y Echeverría trasladó desde México una fortuna colonial —oro, plata y joyas— y la enterró en Juan Fernández, ocultándola de la propia Corona española.